LA FAMILIA NOS ELIGE

Los lazos simbolizan el infinito, un infinito que ni siquiera las matemáticas puras han sido capaces de medir. Con este precepto me siento redimida de cualquier sufrimiento con mi familia elegida, con la que sigo creciendo, a la que adoro y a la que no cambiaría por ninguna promesa de perfección.

Mi familia elegida es reconfortantemente imperfecta en su perfección. Risas, pasión por la vida, desacuerdos franqueables, abrazos, portazos emocionales, críticas mordaces, decisiones que te quitan la respiración y que sin ningún tipo de duda y con la contradicción más poética que se me ocurre imaginar, son imprescindibles para respirar.

Y luz, mucha luz, esa luz que dan las puertas y ventanas abiertas para todos los seres que sientes que de una forma u otra forman parte de tu vida.

Somos diferentes, afortunadamente diría yo, porque de eso nos enriquecemos, así que ¡viva la diferencia!, esa diferencia de criterios que hace posible que seamos disímiles en la superficie pero idénticos en el contenido.

 “Ser”, y lo digo con toda la extensión que este verbo irregular abarca, no es nada fácil, no, no lo es. Por eso es tan imperiosamente imprescindible cuidarlo en todas sus facetas.

Porque siendo quienes queremos ser no nos permite olvidar quienes somos en realidad, que es y lo que hemos venido a hacer aquí, y lo más importante, ejercer la difícil autocritica diaria, dejando aparte sentimientos egoístas repletos de orgullo vergonzante e improductivo que nos impide evolucionar.

“Yo me cambio de piel por convicción cada vez que las circunstancias insinúan que lo que te rodea cambia. La ingenuidad es un tesoro al que no pienso renunciar por muchas decepciones que me regale.

Hoy tengo que dar las gracias a mi “familia” de personas con y sin parentesco que hacen que me levante cada día con una soleada sonrisa, por muy claroscuro que se avecine el día.

Carmela Rufanges

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