EL RELOJ

© Carmela Rufanges – COMENTAR en ‘entradas recientes’ o ‘archivos’

El tiempo nos enseña que casi nadie es lo que parece, y aunque todos pensamos que nuestro radar se encarga de ponernos en alerta ante los embaucadores… ¡fallo, queridos!…y es que de inocencia también vivimos y además nos encanta.

La mejor defensa de los que destapamos nuestra diana de la vulnerabilidad por convicción, siempre ha sido el cuerpo a cuerpo. Especialistas en destruir biseles escabrosos, erigiéndonos en  feroces protectores de los ingenuos de buen corazón.

Los inexorables minutos no nos restan latidos ni respiración, al contrario, nos suman instantes y vida en cada uno de ellos. Nada puede reconciliarnos mejor con el paso del tiempo que fundirnos en la natural belleza de su inexorable movimiento, asumiendo como compensación, la inevitable venganza personal de disfrutar cada uno de los segundos que nos cede el universo, como un bonito reto sin el cual los días se harían eternos.

Nos resulta delicioso batirnos en duelo cada día con su inexorable tic tac y una vez vencido, programar el despertador de vivencias para que suene con alegre decisión, regalándonos un nuevo día repleto de oportunidades.

Vivir muriendo no es triste, es el incentivo más ilusionantemente, imprescindible y valioso del ser humano. La anhelante lucha diaria por la superación nos hace evolutivos y perfectos en nuestra indudable imperfección,

Que nadie es lo que parece es una incontestable realidad. La lírica está en decadencia y los que la ejercemos desde siempre vamos encajando la prosa salvaje como podemos y eso empieza a asustarnos. ¿O no?…¡Pues claro que no!

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